RAPE CON ALMENDRAS (O DE POR QUÉ A MI AMIGA SUSANA LE LLAMAMOS “LA BANCALETA”)

A mi amiga Susana la llamamos “La Bancaleta”. Ojo, eso se lo decimos nosotras, la rubia y yo, porque somos amigas desde hace mil años y nos conocemos todas las batallitas.

Y puede ser que alguien más la llame así en el pueblo – el caso fue sonado –; pero a la cara solo se lo llamamos nosotras. Y cada vez se pone roja como un tomate de esos carnosos que en agosto son tan dulces y le entra una incontrolable risa nerviosa. Vosotros por si acaso, y hasta que no os hagáis amigos de ella, llamadla Susi. O Susana si es que vais a verla al trabajo. Ahora, ella es muy lista y vale mucho, es directora de una oficina de banco aquí en el pueblo; que sí, que los bancos son de la piel del demonio, pero Susana no tiene culpa la pobre. Lo que sí tiene es una ventana grande y bonita que da al bancal de almendros donde sucedió todo y donde se ganó su sobrenombre: “La Bancaleta”.

Hoy ese bancal está labrado que da gloria verlo, con esa tierra roja que apetece darle un bocado. Lo delimita un margen de piedra viva dorada y blanca de medio metro de alto y un metro y medio de ancho, y en su seno se despliegan tres hileras de viejos almendros que se pierden en dirección a la carretera que lleva a Llíber. Los árboles tienen la corteza rugosa y áspera y a finales de enero explotan en flores blancas y rosas. Si no los habéis visto nunca venid a perderos por los valles de la Marina Alta solo para poder llenaros de ese suave color del invierno. Esa reserva espiritual es mano de santo para soportar después las mamonadas del día a día, palabra.

Bien, eso hoy, pero esta historia pasó cuando Susana tenía diecisiete años. Resulta que su madre, Rosario, le había encargado un vestido en el sastre para cuando cumpliera los dieciocho y necesitaba que se lo probara enseguida porque se tenía que pedir no sé qué pieza de tela muy concreta en Valencia. A las dos fue a buscarla a la puerta del instituto y de la niña no había ni rastro. Ahora si queréis ser malpensados os contaré también que por esos días revoloteaba por la Vall de Pop un fotógrafo francés con mucha melenita, mucha Canon y mucha tontería, haciendo fotos de paisajes mediterráneos para el National Geographic. El artista vestía camisas de algodón modelo oh qué aventurero y qué enrollado soy, conducía una Guzzi y tenía la boca llena de dientes y de palabritas. A Susana, la pobre, después de mucho buscar y de gritar y de unos lloros muy gordos la sacó el tío Joan de detrás de unos hinojos altísimos de su bancal con los colores subidos y la ropa del revés mientras una moto petardeaba camino del horizonte. Y claro, desde entonces la llamamos La Bancaleta. Ella, cuando le preguntamos, suspira y dice que sí, que mucha risa, pero que valieron la pena cada grito de su padre y cada zapatillazo de su madre. Por cierto que el vestido al final no se lo compraron y nosotras pedimos en National Geographic a un amigo que lo recibía y nunca vimos ningún reportaje en que saliera nuestro valle. Previsible.

Y yo, la Tastaolletes, que todo lo acabo llevando a la cosa comestible, siempre relaciono esa anécdota con esta receta de rape. Porque también el rape tiene una boca muy grande y lleva una lucecita encima de la cabeza (como el flash de las cámaras de las fotos que no existen) para atraer y zamparse a pececillos delicados e inocentes. Y como fue en un bancal de almendros, pues eso: rape con almendras. Tomad nota.

Ingredientes

1 rape grande
4 patatas
4 rebanadas de pan duro
1 puñado de almendras crudas de los bancales donde las chicas guapas dicen ¡ay!
3 ajos
2 tomates maduros rallados
1 puñado de perejil
Aceite de oliva
2 cucharadas grandes de pimentón dulce

Preparación

Limpiamos el rape y lo hacemos en rodajas; hacemos un caldo con las partes que se rechazan del consumo directo (piel, cabeza y huesos); después pelamos las patatas y las “rompemos” – ya sabéis, clavando el cuchillo y arrancando trozos como si nos cayera mal –; sofreímos las cortadas de pan duro con las almendras y el ajo y cuando esté todo bien dorado lo picamos en el mortero; freímos suavemente los trozos de patata y en cuanto tomen un poco de color añadimos el tomate rallado y el perejil picado; añadimos el pimentón dulce, el caldo y las cortadas de rape (también, si sois buenos comedores de pescado, las partes de la cabeza con que habéis hecho el caldo) así como el hígado a trocitos; cuando esté casi cocido añadiremos el picadillo de pan, almendra y ajo y lo dejaremos cocer unos minutos más.

Nota 1: el caldo ha de cubrir los ingredientes, pero no ahogarlos. Queremos conseguir una textura melosa, viscosa, consistente, que nos llene la boca.

Nota 2: ¿El hígado de rape lo tiramos? Depende. ¿Tiramos la Gioconda? ¿Demolemos el Duomo? ¿Incendiamos el Amazonas? ¿No? Pues con el hígado de  rape, lo mismo. Es un bocado extremadamente delicado que os pedirá cerrar los ojos y fundiros por dentro mientras se os va deshaciendo en la boca. Eso sí, si lo congeláis parecerá corcho. El hígado de rape, como las cosas importantes de la vida, es ahora o nunca.